domingo, 27 de abril de 2014

Expresiones del Papa Francisco durante la canonizacion de Juan XXIII y Juan Pablo II


 
La ceremonia se llevó a cabo junto al papa emérito Benedicto XVI y alrededor de un millón de personas que acompañaron desde la Plaza San Pedro. Es la primera vez en la historia de la Iglesia que dos papas participan de una canonización. Muchos fieles de cerca de 100 países diferentes se hicieron presentes. Se observaban muchas banderas rojas y blancas de Polonia. Buena parte de los presentes venían de países cercanos: en colectivo, auto, bicicleta o a pie. La gente descansó en bolsas de dormir, colchonetas inflables o sobre mantas a la espera de la celebración en la Plaza San Pedro mientras se rezaban rosarios y entonaban canciones.

 
En su homilía, que pronunció en italiano, Francisco, subrayó que los dos nuevos santos "fueron sacerdotes, obispos y papas del siglo XX". "Conocieron sus tragedias, pero no se abrumaron. En ellos, Dios fue más fuerte; fue más fuerte la fe en Jesucristo Redentor del hombre y Señor de la historia; en ellos fue más fuerte la misericordia de Dios", dijo.

 
"Los santos Juan XXIII y Juan Pablo II tuvieron el valor de mirar las heridas de Jesús, de tocar sus manos llagadas y su costado traspasado. No se avergonzaron de la carne de Cristo, no se escandalizaron de él, de su cruz; no se avergonzaron de la carne del hermano, porque en cada persona que sufría veían a Jesús", dijo. "Fueron dos hombres valientes, llenos de la parresia del Espíritu Santo, y dieron testimonio ante la Iglesia y el mundo de la bondad de Dios, de su misericordia", agregó.

 Algunas expresiones de estos queridos Papas para recordarlos. Vale muchísimo leerlas detenidamente :


 

En su "Diario del alma", Roncalli (Juan XXIII) describe así la situación de su familia:

"Éramos tan pobres, pero vivíamos felices en nuestra condición y confiados en la providencia. Faltaba el pan en la mesa, sustituido por polenta. Nada de vino para niños y jóvenes, y pocas veces la carne. Apenas en Navidad y Pascua, un pequeño trozo de dulce casero. La ropa y el calzado para ir a la Iglesia tenían que durar años. No obstante, cuando un mendigo se asomaba a la puerta de nuestra cocina, donde los chiquillos, que éramos unos veinte, aguardábamos con impaciencia el plato de un sopón, siempre surgía un puesto, y mi madre se apresuraba a sentar en él al desconocido a nuestro lado."

Éste es un hermoso testimonio del valor de la familia; una familia pobre, unida en el amor, la concordia, la paz, la fe, la oración, la caridad y la solidaridad con el prójimo necesitado. Esa pobreza, abierta a la providencia y al compartir, fue un rasgo característico de este "Papa bueno" que volvió a proclamar "la Iglesia de los pobres".

 
El mismo Roncalli, cuando en 1953 asumió la Arquidiócesis de Venecia, se presentó así:

"Me presento humildemente a mí mismo. Como todos los demás de aquí abajo, gozo de una buena salud física y tengo cierto buen sentido que me ayuda a ver pronto y con claridad las cosas. Con una tendencia al amor de los hombres que me mantiene fiel a la ley del Evangelio, respetuoso de mi derecho y del de los otros, y que me impide hacer el mal a quienquiera sea; alentándome en cambio a hacer el bien a todos. Vengo de gente humilde y fui educado en una pobreza gozosa y bendita, que tiene pocas exigencias y que favorece el florecer de las virtudes más nobles y elevadas y prepara a las sublimes elevaciones de la vida. La providencia me sacó de mi pueblo natal y me hizo recorrer los caminos del mundo en Oriente y en Occidente, acercándome a gente de religión y de ideologías diversas, en contacto con problemas sociales, arduos y amenazadores, y conservándome la calma y el equilibrio de la investigación y de la apreciación."

Continuando esta cuidadosa presentación, agrega un dato fundamental de su personalidad:

"Siempre me he preocupado, salvo la firmeza de los principios del credo católico y de la moral, más de lo que une que de lo que separa y suscita contrastes... No miren a su patriarca como un hombre político o un diplomático: busquen al sacerdote, al pastor de almas, que ejercita entre ustedes su oficio en nombre de nuestro Señor."

 En  discurso inaugural del Concilio Vaticano II el papa Juan XXIII, sorprendió a todos, con mucha sencillez y con gran fuerza de ánimo, pronunció las siguientes palabras:

"En el ejercicio diario de nuestro ministerio apostólico sucede con frecuencia que disturban nuestros oídos las voces de aquellas personas que tienen gran celo religioso, pero carecen de sentido suficiente para valorar correctamente las cosas y son incapaces de emitir un juicio inteligente. En su opinión, la situación actual de la sociedad humana está cargada sólo de indicios de ocaso y de desgracia. Y repiten incesantemente que nuestro tiempo se deteriora continuamente en comparación con el pasado. Se comportan como si nada hubieran aprendido de la historia, maestra de la vida; como si en tiempos de los concilios anteriores la doctrina cristiana, las costumbres y la libertad de la Iglesia hubieran sido puras y correctas. Nos (en esta expresión de "plural mayestático", el papa quiere expresar enfáticamente su convicción personal) tenemos una opinión completamente distinta que estos profetas de desdichas, que prevén constantemente la desgracia, como si el mundo estuviera a punto de perecer. En los actuales acontecimientos humanos, mediante los que la humanidad parece entrar en un orden nuevo, hay que reconocer más bien un plan oculto de la providencia divina. Este plan persigue su propia meta con el decurso de los tiempos, mediante las obras de los hombres y, casi siempre, superando las expectativas de éstos."

 



Extracto algunas expresiones de Juan Pablo II manifestadas el martes 7 de abril de 1987 en el aeropuerto  Gobernador Castello  ubicado en la localidad de Viedma:

“La evangelización no sería auténtica si no siguiera las huellas de Cristo, que fue enviado a evangelizar a los pobres. Debéis hacer propia la compasión de Jesús por el hombre y la mujer necesitados. El auténtico discípulo de Cristo se siente siempre solidario con el hermano que sufre, trata de aliviar sus penas –en la medida de sus posibilidades, pero con generosidad–; lucha para que sea respetada en todo instante la dignidad de la persona humana, desde el momento de la concepción hasta la muerte. No olvida nunca que la “misión evangelizadora tiene como parte indispensable la acción por la justicia y las tareas de promoción del hombre” (Discurso a la III Conferencia general del Episcopado latinoamericano, III, n. 2, Puebla, 28 de enero de 1979).

Mi llamado de esperanza se extiende a todos, y en particular a los que son responsables de la vida económica y política, para que, con empeño y sentido de justicia, aprovechéis todas las riquezas naturales de esta región y dirijáis eficazmente todas las energías al bien común de la Patagonia, de modo que se alcancen condiciones de vida cada vez más humanas, y. a pesar de los rigores de vuestro clima, se pueblen más y más estas dilatadas extensiones. A la vez, os animo a promover generosas y eficaces iniciativas de solidaridad con los más necesitados. Que nadie se sienta tranquilo mientras haya en vuestra patria un hombre, una mujer, un niño, un anciano, un enfermo, ¡un hijo de Dios!, cuya dignidad humana y cristiana no sea respetada y amada.

A todos los que padecéis necesidades –mapuches, emigrantes, y tantos otros en el campo y la ciudad– quiero manifestaros mi particular afecto y recordaros que sois vosotros mismos los primeros responsables de vuestra promoción humana. No os dejéis llevar por el desánimo y la pasividad. Trabajad con empeño y constancia por obtener las condiciones del legítimo bienestar para vosotros y vuestras familias, y por participar cada vez más en los bienes de la educación y la cultura. Pero no empleéis, para lograr estos objetivos, las armas del odio y de la violencia, sino las del amor y las del trabajo solidario, que son las únicas que conducen a metas de verdadera justicia y renovación.”