viernes, 2 de mayo de 2014

Recordando a Ernesto Sábato a 3 años de su fallecimiento



El miercoles 30 de abril se cumplió un aniversario más del fallecimiento de Ernesto Sábato. Murió a los 99 años en la ciudad de Santos Lugares.

Es ubicable entre los grandes novelistas y ensayistas  latinoamericanos que han impactado (e impactan) a escala global. Además de las numerosas obras literarias es sumamente valorable su compromiso con lo humano desde su condición de militante de conciencia. Trabajo arduamente presidiendo, a pedido del entonces presidente Raúl Alfonsín, la Comisión Nacional sobre la Desaparición de Personas que compuso el documento “Nunca Más”. Un intenso trabajo que significo bajar al infierno de muchas atrocidades cometidas  durante la dictadura militar.

 En agosto del año 2000, cuando cursé  el quinto año de seminario, leí el libro Antes del fin . Me lo devoré en una sola noche. Y me atreví a escribirle a Ernesto Sábato para expresarle lo que me generaban sus palabras. Expresé escribir ... no tipear ... en aquél entonces predominaba aún la comunicacion epistolar. Manuscrita en nuestro caso. Así que averigué la direccion de Ernesto Sábato (me la pasó el padre Efraín Sueldo Luque , la tenía en una agenda) y  escribí. Lamento no haber guardado una copia de lo escrito, porque recuerdo que se me soltó la mano para expresar muchas inquietudes.  A la carta la despache en una estafeta estilo rural ubicada en una de las calles de la Villa Sanguinetti en Arrecifes.
 En octubre de 2000 recibí su respuesta. Abrí ansioso la carta y me encontré con un par de líneas que conservo y valoro con mucho aprecio. Comparto por esta vía esa respuesta que es cortita pero llenadora. Y los invito a leer algunos pasajes del libro “La Resistencia”. 



“Por la tarde me he acercado a la histórica Catedral de Salta, el santuario donde mañana miles de creyentes celebrarán la Fiesta del Milagro. Muchos de ellos hace días que vienen peregrinando para ofrecer sus candorosas promesas tan simples como una flor de campo, y sus pedidos tan apremiantes como la comida, la salud o el trabajo.

Sentado en la plaza volvieron mis obsesiones de siempre. Las sociedades desarrolladas se han levantado sobre el desprecio a los valores trascendentes y comunitarios y sobre aquéllos que no tienen valor en dinero sino en belleza. A través de mis cavilaciones, me detengo a mirar a un chiquito de tres o cuatro años que juega bajo el cuidado de su madre, como si debajo de un mundo resecado por la competencia y el individualismo, donde ya casi no queda lugar para los sentimientos ni el diálogo entre los hombres, subsistieran, como antiguas ruinas, los restos de un tiempo más humano. En los juegos de los chicos percibo, a veces, los resabios de rituales y valores que parecen perdidos para siempre, pero que tantas veces descubro en pueblitos alejados e inhóspitos: la dignidad, el desinterés, la grandeza ante la adversidad, las alegrías simples, el  coraje físico y la entereza moral.

Los hombres creían ser hijos de Dios y el hombre que siente semejante filiación puede llegar a ser siervo, esclavo, pero jamás será un engranaje. Cualquiera sean las circunstancias de la vida, nadie le podrá quitar esa pertenencia a una historia sagrada: siempre su vida quedará incluida en la mirada de los dioses.

 ¿Podremos vivir sin que la vida tenga un sentido perdurable? Camus, comprendiendo la magnitud de lo perdido dice que el gran dilema del hombre es si es posible o no ser santos sin Dios. Pero, como ya antes lo había proclamado genialmente Kirilov, “si Dios no existe, todo está permitido”. Sartre deduce de la célebre frase la total responsabilidad del hombre, aunque, como dijo, la vida sea un absurdo. Esta cumbre del comportamiento humano se manifiesta en la solidaridad, pero cuando la vida se siente como un caos, cuando ya no hay un Padre a través del cual sentirnos hermanos, el sacrificio pierde el fuego del que se nutre. 

Si todo es relativo, ¿encuentra el hombre valor para el sacrificio? ¿Y sin sacrificio se puede acaso vivir? Los hijos son un sacrificio para los padres, el cuidado de los mayores o de los enfermos también lo es. Como la renuncia a lo individual por el bien común, como el amor. Se  sacrifican quienes envejecen trabajando por los demás, quienes mueren para salvar al prójimo, ¿y puede haber sacrificio cuando la vida ha perdido el sentido para el hombre, o sólo lo halla en la comodidad individual, en la realización del éxito personal?”

“La capacidad de convicción de nuestra civilización es casi inexistente y se concentra en convencer a la gente de las bondades de sus cachivaches, que por cientos de millones se ofrecen en el mercado, sin tener en cuenta la basura que se acumula hora a hora, y que la tierra no puede asimilar. La globalización, que tanta amargura me ha traído, tiene su  contrapartida: ya no hay posibilidades para los pueblos ni para las personas de jugarse por sí mismos. Ésta es una hora decisiva no para este o aquel país, sino para la tierra toda. Sobre nuestra generación pesa el destino, es ésta nuestra responsabilidad histórica.”

Ernesto Sábato , La Resistencia , Seix Barral , 2000