lunes, 12 de noviembre de 2012

Carta a raiz de la pobrisima declaracion episcopal sobre Iglesia y dictadura

Unos 400 laicos, a raíz de las declaraciones del genocida, ex–general Videla, enviaron recientemente una carta a la Conferencia Episcopal Argentina. En ella formulan una serie de reclamos, todos importantes. La carta fue recibida en mano por el presidente de la Conferencia Episcopal, el que además, recibió luego a un grupo de esos laicos delegados para presentarla y explicar su génesis y el sentido de sus reclamos. Así se convino esperar la reunión de la Asamblea episcopal, donde él presentaría la carta.
Probablemente en respuesta a ella, aunque no se la mencione, los obispos argentinos hacen llegar ayer un mensaje al pueblo de la Patria. Es ante este texto, que consideramos pobre e insuficiente, que quisiéramos señalar algunos aspectos que nos parecen importantes

• Es evidente que todo hecho u omisión debe entenderse en su contexto, y de ello surgen atenuantes y agravantes. Eso ocurre en todos los órdenes de la vida; pero destacar dentro del contexto la “violencia guerrillera” pone -una vez más- un documento episcopal en el marco de la teoría de los dos demonios, teoría que rechazamos sin ninguna duda ya que hubo un solo "demonio" que fue el terrorismo de estado.
• Las declaraciones del genocida Videla fueron bastante más allá del reconocimiento de una connivencia entre la conducción facciosa del Estado y la cúpula eclesiástica. Connivencia que no rechazaríamos tan livianamente como afirma mons. Arancedo, pero que supone muchas otras instancias que no son tenidas en cuenta en el documento.
• A la pregunta de cuánto sabían sus "hermanos mayores", los obispos de tiempos de la dictadura, no hace falta demasiada investigación. Allí están los discursos de mons. Bonamín, mons. Plaza, mons. Tortolo (presidente de la CEA, elegido por sus "hermanos", por si hiciera falta recordarlo), por nombrar sólo los más emblemáticos. Aunque la lista podría fácilmente prolongarse en bastantes nombres más.
• La cita de algunos párrafos nos parece insuficiente y limitado. Res non verba, decían los antiguos. No son algunas pocas palabras lo que se les cuestiona. Pueden haber dicho una palabra en 1972 contra la tortura (no hubiera estado mal repetirla en 1976), pero sabemos bien que fueron muchas las voces eclesiásticas episcopales o presbiterales que justificaron la tortura públicamente como un "mal menor”, e incluso participaron de las mismas. No se entiende el tibio y limitado pedido de perdón del año 2000 si realmente creen que hicieron todo lo debido y necesario. No se entiende el silencio de los nombres de nuestros mártires desaparecidos, asesinados o torturados, como el Obispo Enrique Angelelli, Carlos de Dios Murias, Gabriel Longueville, Carlos Bustos, Pablo Gazzarri, Mauricio Silva, Orlando Yorio, Francisco Jálics, Wenceslao Pedernera, Alice Domon, Leoníe Duquet y tantos otros, si el supuesto pedido de perdón se pretende serio y responsable.
• Somos conscientes que muy pocas instituciones hicieron un mea culpa por su actitud en la dictadura. Faltan empresarios, sindicalistas, periodistas, por mencionar algunos; pero no se trata de especular con el mal de muchos sino de afirmar lo que se espera del pastor: que dé "la vida por sus ovejas". Y algunos de esos mártires silenciados, así lo hicieron, por cierto.
• Sin dudas hay heridas abiertas, pero en muchos casos, heridas que declaraciones episcopales no han hecho nada por cerrar, porque cuando se avanza en los juicios, se escuchan voces que hablan de reconciliación, de perdón, deslizando la idea implícita de que los juicios son motivados por venganza o revanchismo, desdiciendo todo lo que han afirmado de "la verdad y la justicia”, para empezar. Nos gustaría una cercanía fraterna de los obispos con los organismos de Derechos Humanos que siguen luchando por la verdad, la memoria y la justicia en especial las Madres y Abuelas de Plaza de Mayo, como en su momento lo hicieron con cariño y valentía Jorge Novak y Jaime de Nevares. Hoy -como ayer- más bien percibimos distancia.
• Decir que “...reiteramos el pedido de perdón a quienes no hayamos...”, es algo vano y falaz. El pedido de perdón debe ser concreto, por esto o por lo otro. Ninguno de nosotros aceptaría una confesión tan genérica sin reconocimiento concreto de las faltas o delitos cometidos. Así dicho simplemente es un pedido de perdón inexistente.
• Es indispensable que se acepten y se apoyen las investigaciones de aquellos tiempos, especialmente cuando se negó que en la CEA hubiera archivos. Hoy hay libros bastante documentados sobre este y otros temas semejantes, afortunadamente. No olvidamos que ante todo somos ciudadanos de la Patria que reclama justicia, y esperamos que todos los miembros de la Iglesia -obispos incluidos, por cierto- colaboren en todo con la justicia, se acerquen a aportar toda la información disponible, y acepten los fallos correspondientes para cerrar heridas no desde el olvido y la impunidad, sino desde la verdad y la justicia que tanto proclamamos.
• Nos parece muy insuficiente la declaración sobre los niños apropiados, porque no se trata sólo de exhortar, o de recordarles a los responsables que están moralmente obligados a declarar. Es sabido que la mayoría de los niños apropiados lo fueron (y en algunos casos con apoyo de instituciones católicas) para dar los niños a familias “occidentales y cristianas”. En el texto se extraña que -con toda la firmeza y la autoridad de pastores- no exijan a los llamados cristianos a que den todos los datos que posean sobre los desaparecidos o niños apropiados ilegalmente para el reconocimiento de la verdad y la identidad, o para que tantas familias puedan hacer el luto y dar -al menos interiormente- cristiana sepultura a sus familiares asesinados.
• Lamentamos el silencio acerca de la gravedad del tema de los capellanes militares y su actitud claramente cómplice con el genocidio. El caso del condenado por la justicia Christian von Wernich, que no fue suspendido en sus licencias o expulsado del ministerio, es emblemático, y sigue siendo un pecado que clama al cielo encubierto por un silencio escandaloso. Mientras tanto, Videla sigue comulgando y lo dice abiertamente a pesar de haber reconocido públicamente su delito que parece no ser entendido como pecado.
• En ese sentido, debemos confesar que nos escandaliza que ante la sociedad parezca que usar preservativo sea más grave que la tortura; que el sexo pre-matrimonial sea más grave que violar mujeres detenidas-desaparecidas; que engendrar hijos fuera del sacramento del matrimonio sea más grave que apropiarse niños después de tirar al mar a sus padres, que la homosexualidad es una enfermedad perversa y más grave que ser un torturador o presenciar con sadismo y complicidad sesiones de tortura, que el aborto de una mujer angustiada en su situación de embarazo no deseado o provocado sea tenido por genocidio y como algo mucho más grave que arrojar personas vivas al mar, atadas, dopadas, y secuestradas.

Lamentamos que una vez más, nuestros hermanos obispos perdieran la oportunidad de mirar la cara a la sociedad sanguinolenta al borde del camino y expresaran un sincero pedido de perdón, un reconocimiento de su pasado y un deseo concreto de reparación ante la muerte y el genocidio. Tanta reticencia durante años a llamar las cosas por su nombre no nos permite confiar plenamente como quisiéramos en la efectividad de estas declaraciones.


Secretariado del Grupo de Curas en Opción por los Pobres
Pbro. Juan Carlos Baigorri
Pbro. Marcelo Ciaramella
Pbro. Roberto Murall
Pbro. Eduardo de la Serna